EL BORRADOR de la Ley del Sector Audiovisual que el Govern emborrona, nervioso y con el deseo de acertar, va cambiando de manos por si a alguien se le ocurre cómo resolver los incentivos a los rodajes de cine. Se busca incluso el visto bueno de la oposición que, de darlo, supondrá un momento histórico por el acuerdo de partes siempre a la greña.
La teoría está clara y, sobre el papel, luce bonita: desestacionalizar (un must político, sin él no hay proyecto), reactivar la economía e incentivar la promoción turística. Pero nadie da con la fórmula para ponerla en práctica porque las cabezas pensantes se bloquean cuando las arcas no escupen dinero público. Lamento retrospectivo: qué no se podría haber hecho cuando se gastaba a manos llenas. Entonces, los organismos dedicados a estos menesteres, que los hubo, no pasaron de celebrar copetines en los que poder hablar de desestacionalizar mientras un compañero de partido te palmeaba la espalda henchido de orgullo. Los réditos –y las comisiones– estaban en otro sitio.
Ahora, gracias al esforzado trabajo de la Mallorca Film Commission y de su director, Pedro Barbadillo, a quien el PP ha mantenido sin revanchismos y buen criterio, la idea debe cristalizar cambiando la pasta pública por imaginación e inversión privada.
Las gestiones del organismo dependiente de Mallorca Turismo deben encaminarse a conquistar el capital extranjero, más adelantado y sensible a una iniciativa que, de entrada, peca de su aparente intangibilidad. Si construyes un hotel, lo gestionas, lo explotas, ganas dinero y aumentas tu fortuna. ¿Pero una película? Los empresarios locales, tan hechos a sí mismos, difícilmente destinarán sus excedentes a un negocio tan inflamable como el celuloide. Vendrán de fuera a darnos lecciones y sólo cuando el proyecto haya alcanzado –si lo logra– un estatus y no haya dudas sobre su proceder –y rentabilidad–, los emprendedores locales abrirán la saca.
El experto en financiación Thierry Baujard insiste en que Mallorca debe crear una estrategia diferenciada de otros modelos. El paradigma es el de Malta, que devuelve al productor directamente una quinta parte de lo que haya gastado durante el rodaje en el país.
Barbadillo, sabedor de que lo público no está para soportar todo el peso, apuesta por que el fondo discrecional se nutra de lo privado. Sólo hay que saber venderlo, aunque resultará complicado si el Consell no resuelve con celeridad el conflicto surgido con el productor de The Pelayos, la cinta de Eduard Cortés sobre una familia que hizo saltar la banca de casinos de medio mundo y se rodó en Mallorca en mayo de 2011.
La imputación de la clase política ha provocado que la ligereza e irresponsabilidad con la que se liquidaban los contratos haya mutado en una escrupulosidad –tan deudora de la responsabilidad como del miedo– que raya el paroxismo. Si el Consell no paga a tiempo el dinero pactado,Mallorca no sólo perderá un preestreno de carácter internacional –Lloret se queda con el nacional– sino que destruirá la imagen de la Mallorca Film Commission en el exterior. Urge resolver el formalismo porque la cita de Cannes, mercado antes que festival, puede resultar desastrosa. ¿Con qué credibilidad puede presentarse la isla a ofrecer su «plató natural» si ha sido incapaz de cumplir con un compromiso de 75.000 euros?
Los incentivos del Govern se verán obligados a no chocar con las leyes estatales –Malta no tiene ese problema–, pero, a pesar de los inconvenientes, Mallorca tiene una oportunidad única de despuntar frente al resto de comunidades autónomas y cuenta, además, con la estrecha relación turística de países como Alemania, que fidelizaría su condición de socio –hay que repartir gastos– en producciones
cinematográficas.
Existe el potencial. Una vez más. Está por ver si desestacionalizan el proyecto o se queda a vivir perpetuamente en el invierno de las ideas muertas y las películas sin final.